miércoles, 3 de abril de 2013

Malasia (II) KL.

Kuala Lumpur, conocida como KL a secas.

Aterrizar aquí, tras un poco de reflexión, ha sido como un balón de oxígeno para un viaje que estaba pecando últimamente de carrera de obstáculos, reflexiones absurdas (o no tanto) y otras reflexiones de índole más personal.
Después de cuatro meses en la India, sur, centro, norte y más norte, montañas, lagos, islas y bosques; otro més y pico en Tailandia en grandes ciudades, acantilados, más islas, bosques, carreras, barcos y mosquitos; y unos días amortiguando en la sabrosa, colorida, ecléctica y cosmopolita Penang, llegué a este "colchón de plumas" en el que me encuentro.
Lo mejor y más contrastante: llegar a una rutina. ¿Por qué? Porque llegar a sitios donde tus amigos tienen una rutina y te incluyen en ella es un privilegio. Da otro aire de la ciudad, de su ambiente y, además, ofrece otras cosas. Esas cosas que no se ven bien cuando viene uno corriendo, guía en mano, comiendo algo de comida callejera, visitando el par de curiosidades del sitio. A menos que se encuentre esa paz inspiradora que hace que uno deje de lado el calendario (si se tiene), nos embarcaríamos a otro destino. Esa paz, a veces, las dan las personas y no los sitios. Cada vez estoy más convencido de la frase de Saramago que debo a una amiga argentina: "...habitando la risa tan cerca de la lágrima, el desahogo tan cerca del ansia... pasando así la vida de las personas y las naciones". Acertada. Tanto que posiblemente sea la diferencia y la respuesta a la vez a la pregunta de por qué sí Malasia y no Tailandia.

Con todo y como siempre, ante la marea de cambios que se me han venido, he vuelto a lo mismo, a tomar decisiones. Algunas no me han gustado en absoluto, así que, me disculpe el lector, no voy a hablar de ellas. Aprovechar esa marea alta puede no ser la expresión más acertada pero, sin duda, espero sacar motivación de esto y, como me dice la conciencia física, "disfrutar de todo", antes de que la marea baje y me deje con escollos, piedras y corales rotos en la orilla.

Puedo decir que, sin duda, es posible que pase más tiempo del que me esperaba aquí, en Kuala Lumpur.

Novedades, más adelante. Cuando todo se asiente.

viernes, 15 de marzo de 2013

Malasia (I) Food, mood, good...

Tal y como acabó en Tailandia, empezó en Malasia: con un paso y una hora de vida desaparecida.

Pocas cosas parecía que habían cambiado. El tráfico seguía al revés, las sonrisas seguían ahí, el verde, el asfalto, las tiendas... pero los conductores de autobús hablaban inglés. Eso ya marcaba una diferencia que, más bien, cubría una necesidad que me aportaba "comodidad", al menos de momento.
Cruzar la frontera tiene sus pros y contras: aceptas no pagar a los corsarios de la agencia de transporte, pero te encuentras sólo, con un país nuevo delante de tus ojos y con muchas posibilidades... de llegar y de perderte (...de perderte).

jueves, 7 de marzo de 2013

Half (*)

Don’t sit with half-lovers.
Don’t endorse half-friends.
Don’t read for the half-talented.
Don’t live a half life.
Don’t die a half death.

Tailandia (y III) Fronteras

    Los días en Krabi se pasaron volando entre paseos, horas dedicadas a la pluma y al papel, visitas al mercado nocturno (de comida) y charlas de sobremesa con Franco, el propietario de la Pizzería Firenze, junto al paseo del ríio. Política, viajes, Tailandia (y sus gentes) y el diablo capitalista que me hospedaba fueron los temas principales que nos sumían en horas de café y vino mientras caían cuatro gotas o el diluvio universal -versión concentrada-.

domingo, 24 de febrero de 2013

Tailandia (II) Sandflies


"Me gusta cuando estás cerca porque haces que me sienta feliz"

Si no fuera por la costumbre de fijar un día de calendario creo que aún estaría en las calles de Bangkok, dando vueltas, borracho de colores y sonrisas como un lunático en un manicomio. 

De haber un inicio, sería tocando las últimas cuatro notas de una vieja canción, sentado enfrente de un Kawai de cola, negro, del que me costó despegarme tanto como me costó salir de la ciudad.
Un Toyota de color rosa, un taxi, me llevó a la estación del Sur, en la parte Oeste de la ciudad. La ruta fue más larga de lo que debiera y se lo hice saber al taxista, que se puso rojo. Pero llegué a tiempo.
¿Y a tiempo de qué?